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De artistas manuales a digitales
En la década de los setenta no existía la digitalización de imágenes. Retocar una fotografía era una labor artística que se hacía a mano a través de acuarelas, tinta china, pinceles, plumines y máscaras opacas. Cambiar la luminosidad o difuminar una escena requería el revelado de los negativos con distintas sustancias químicas para lograr el efecto deseado. Ante tamaña empresa las agencias de publicidad preferían repetir las fotos que salían sin la calidad deseada. El retoque se reservaba para campañas especiales o para lograr efectos que no eran posibles utilizando las cámaras.
Sin embargo, en aquella época como ahora, todo el engranaje publicitario se veía obligado a las prisas: la decisión a última hora de un empresario, los cambios en la dirección de la campaña, la producción de un nuevo packaging para exportación… Los imprevistos siempre han formado parte de la aventura del publicista.
El laboratorio de fotomecánica en el que yo trabajaba cuando comencé mi rodadura laboral, procesaba películas para distintas agencias. Una de ellas trajo un día los originales para imprimir cajas de una fábrica de copas de cristal. El trabajo debía hacerse muy rápido porque había plazo de entrega. Las cajas estaban destinadas a la exportación. Las fotos eran en blanco y negro y el proceso para poderlas imprimir se denominaba autotipía.
Una autotípía consiste en agregar una trama a la fotografía para que la impresora pueda plasmar los medios tonos. Ahora se hace por ordenador, en aquella época se utilizaban tramas de distinta densidad, una enorme cámara fotográfica que permitía ampliar los originales y máscaras opacas para separar las zonas de luz y sombra. Las distintas películas positivas que se obtenían eran grabadas en planchas para las máquinas de la imprenta.
El fotógrafo que había hecho las tomas de aquellas copas de cristal era excelente, los claroscuros del bodegón estaban muy marcados y la definición muy buena… Pero a la hora de confeccionar la autotípía, la trama se rompía y todos los brillos de las copas desaparecían. El buen trabajo del creativo y del fotógrafo se iban por el retrete. Y con seguridad el cliente no iba a estar conforme con sus cajas, menos aún si eran la imagen de su producto en otros países.
La opción era repetir las fotos cambiando la luz y la composición, pero hubiesen perdido el encanto y tampoco existía la seguridad de que las tramas no volviesen a romperse. No había tiempo para inventar algo distinto.
La solución llegó a través del retoucher. Era un hombre que se había criado en una imprenta, su padre había sido maquinista de impresora y él llevaba ya cuarenta años de experiencia en el gremio gráfico. Además, era meticuloso, detallista y poseía un pulso firme. En unas horas retocó los originales: quitó todos los brillos que rompían la trama. Se hicieron las autotipías, se grabaron las planchas y cuando ya estaban listas volvió a agregar los brillos manualmente emulando una trama muy fina. ¡Dibujó punto por punto!
El resultado final fue algo que sorprendió a todos. No solo las copas y su brillo se veían como si estuviesen en 3D sino que las cajas impresas tenían mejor calidad que la fotografía original.
Ahora, la tecnología ha facilitado el trabajo. Los programas de retoque fotográfico permiten lograr efectos increíbles… Pero, artistas siempre habrá. Antes eran manuales, ahora son digitales.
